‘El libro nos devuelve a una condición humana más contemplativa’

Graciela Montes y una reedicin de una de sus obras emblemticas Foto prensa
Graciela Montes y una reedición de una de sus obras emblemáticas. /Foto: prensa.

Editora, traductora, ensayista y autora de una obra emblemática en el campo literario argentino, Graciela Montes retoma una colección que impulsó en los 80 llamada Entender y participar, una suerte de apunte para aquellos que quieran generar conversaciones sobre la vida política y la formación de ciudadanía con los más chicos, que ahora vuelve a las librerías de la mano del sello Siglo XXI.

“En el 2006, dejé de trabajar y no escribí nada nuevo, pero me interesó dejarle todo lo que pueda a mis nietos y a esa generación. Si algo puedo poner al servicio de ellos lo voy a hacer y esto me pareció que era un servicio, una ayuda, un salvavidas a los que vienen atrás que seguro no la van a tener demasiado fácil”, dice Montes en una conversación telefónica con Télam.

Con “¿Qué es esto de la democracia?”, se abre Entender y participar, un proyecto que la autora de este libro impulsó con su colega Graciela Cabal en los 80 de la mano de Libros del Quirquincho y que inicialmente se podía conseguir en los quioscos de diarios. Ahora, la colección se vuelve a publicar con la editora especializada en Literatura Infantil y Juvenil (LIJ) Laura Leibiker comandando el proyecto.

Todos con ilustración de Penélope Chauvié, los libros que están en carpeta son “¿Por qué hay tantas provincias?”, un trabajo de Graciela Montes junto con el politólogo, periodista y editor José Natanson; “¿Cómo se hace justicia?”, trabajado por Montes junto a Paula Bombara; “¿Qué pasa adentro del Congreso?”, cuya autora original fue Graciela Cabal y ahora reelaborará Noelia Barral Grigera; y “¿De qué trabaja el presidente?”, a cargo de la escritora y periodista Hinde Pomeraniec.

Montes (Buenos Aires, 1947) es autora de más de 70 títulos como “Uña de dragón (una historia que son dos)”, “Tengo un monstruo en el bolsillo”, “Y el árbol siguió creciendo”, “Amadeo y otra gente extraordinaria” y “Más chiquito que una arveja, más grande que una ballena”. Además es traductora, entre otros, de Perrault y Lewis Carroll, editora de la mítica colección “Cuentos del Chiribitil” y cofundadora de la Asociación de Literatura Infantil y Juvenil Argentina (ALIJA).

En esta charla dice que “no son tiempos fáciles para el libro”, pero resalta que tiene la ventaja del “tempo”: “Nos devuelve a una condición humana, serena, más contemplativa, más tranquila, racional”, remarca. Y asegura también que no tiene redes sociales pero pondera internet. “Las redes dan curso a una cosa de la personalidad más espontánea pero también más vertiginosa, con menos tiempo para pensar, con menos decantamiento, y el libro decanta más. Hay momentos de la vida en los que hay que decantar, no puede ser todo una especie de fluir inconsciente y entusiasta de las cosas, a veces hay que pararse a pensar y para pararse a pensar, mejor un libro”, subraya.

-¿Cómo fue la decisión de retomar esta colección?
– La decisión y la puesta en marcha fue de Siglo XXI, ellos buscaron la colección, la encontraron y consideraron que era un buen momento para reflotarla. Yo solo recibí el pedido y estuve dispuesta a volver a charlar los títulos de los que había sido autora. Yo había armado la colección pero en esta etapa son Laura, la editora, y la editorial quienes están a cargo. En ese momento inicial de la colección trabajábamos con Graciela Cabal. Nos alternábamos porque eran salidas semanales, entonces había que tener en parrilla muchas cosas. Hacíamos uno y uno. Hice el de democracia, otro sobre los derechos, después ella hizo el de la república, uno sobre el congreso que en este momento estaría bueno que salga. El de justicia lo trabajé con Paula Bombara.

-¿Cómo ves la conversación pública en relación al acceso a la información de parte de las infancias?, ¿cómo cambió en relación a los 80?
-Me parece que se hablan más cosas pero de manera mucho más envasada. No está instalada la discusión que estaba en aquel momento, en los 80. La discusión era más cercana, ahora está muy mediatizada y estructurada de manera muy rígida. Tal vez es como la percibo. Aquella colección la hice con un sentido de extensión de la propia conversación familiar, por eso el tono es muy sencillo y al mismo tiempo muy franco. Está pensado para niños que quieren entender y hacen todas las preguntas que se les ocurren, nadie les prohíbe hacer preguntas. Eso pone a los adultos frente a sus propias contradicciones y a veces eso es incómodo.

-Es un texto para leer de a dos. La propuesta parece pensada para generar una conversación sobre ese texto más que para leer en solitario.
-Sí, es un texto para aprendizaje de los niños pero también de los adultos. En ese sentido puede ser muy útil, la gente más joven que está a cargo le da otros aires de cosas nuevas que me parece que le dan mucha frescura.

– Al final hay fragmentos de la Constitución y también está la posibilidad de visitar, mediante código QR, una cronología de la historia del voto o los pasos para votar. ¿Cómo se gestó esa posibilidad?
-En el original había unas notas atrás, no siempre glosarios, a veces había artículos de la Constitución o fragmentos pero eran otro lenguaje, según conviniera al tema que se estaba tratando. La idea era que los chicos pudieran entrar de a poco y entender el lenguaje de una ley, de una norma. Una vez que se entendió el concepto, de qué trata, se puede leer la ley en su formulación real, cómo está formulada. Poder hacer ese viaje era importante sino se está trabajando con formulaciones demasiado grandes. En esta colección, uno de los puntos importantes era el lenguaje, resignificar las palabras, así como había que resignificar las palabras para que volvieran a querer decirnos algo.

-¿Cómo recordás la circulación de estos libros?
-Era muy diferente porque estos libros que forman parte de la colección salieron en quioscos una vez por semana. Era una circulación muy diferente. Después fueron a las librerías y a la escuela pero la primera circulación fue muy brutal, era simplemente ponerlos en la calle. Tenía la formación de trabajar muchos años en el Centro Editor de América Latina y ese era el modelo de esta salida semanal en quioscos. Funcionó y se sobrevivió pero no se ganó mucha plata, se pudo llevar a cabo la colección que es mucho decir para una editorial que no tenía nada y empezaba con eso.

-¿Esa circulación alcanzaba a las escuelas?
-Funcionaron mucho en escuelas pero de la manera en que circulaban en esa época, fue un momento de tanta eclosión, de una renovación escolar muy importante en cuanto a que los maestros volvieron a comprometerse mucho con lo que los chicos leían. En ese momento había muy pocas bibliotecas escolares, los bibliotecarios de las escuelas primarias era muy importantes. Simultáneamente había un movimiento muy ágil que era el de las bibliotecas populares, el de la Conabip que era una reactivación de esos núcleos que había en todos los pueblos y lugares del país que fueron un gran vehículo. A través de las bibliotecas populares se llegó a la escuela y se llegó además por compras del Estado que compró cantidades de estos libros, no inmensas pero algunas y las repartió a las bibliotecas populares.

De esa manera se fueron conociendo y los maestros que tenían interés los tomaron de manera más activa, no como un manual pero si como una presencia bastante común en las escuelas. Cuando empezó la democracia, en el año 84, 85, hubo un gran movimiento en lo que se llamaba la literatura infantil, había un puñado bastante importante de escritores que nos movíamos mucho en la sociedad y estábamos dispuestos a ir a cualquier lado gratis y hablar con los chicos y con distintos medios y había una predisposición de algunas autoridades. Una persona que siempre nombro es Hebe Clementi, que era quien estaba a cargo de las Bibliotecas Populares. Fue muy activa y jugada. Había una efervescencia de esos años cuando estábamos todos muy esperanzados con esa democracia.

-¿Cómo ves este momento de la industria editorial?
-No son tiempos fáciles para el libro. Por otra parte hace bastantes años que las editoriales necesitan alguna forma de compra del Estado para rescatarse. El libro tiene una ventaja que es el tempo del libro, nos devuelve a una condición humana, serena, más contemplativa, mas tranquila, racional. Las redes dan curso a una cosa de la personalidad más espontanea pero también más vertiginosa, con menos tiempo para pensar, con menos decantamiento y el libro decanta más. Hay momentos de la vida en los que hay que decantar, no puede ser todo una especie de fluir inconsciente y entusiasta de las cosas, a veces hay que pararse a pensar y para pararse a pensar, mejor un libro.

-¿Por qué la colección se llamó Entender y participar?
– Porque eran las dos cosas y nos parecía que hacían falta. Veníamos de años tan terribles que se perdió la idea cívica, de ser un ciudadano, eso estaba perdido. Todos queríamos ser parte en ese momento. Era realmente un momento que merecía haber tenido mejor salida de lo que fue. Es una colección que se cuida mucho de no bajar línea. Es asumir que no tenemos respuesta para todo. Hay cosas que no tienen respuesta o la estamos buscando o está en cuestión.

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